Uno de los rasgos más distintivos de la descomposición del tejido social fue cuando la delincuencia le arrebató las plazas y calles a la sociedad. La educación formativa social se fue desgastando y transformando debido a que cada vez los niños y jóvenes socializaban menos con sus iguales en las cascaritas de fut, jugando a las canicas u otros juegos que van construyendo personalidades.

La economía fue produciendo más delincuencia y entonces los chavos se fueron a encerrar en sus casas y de a poco esa falta de formación socio emocional de relación, juegos y roles sociales con los demás, fue creando una sociedad más individualizada, ensimismada y temerosa del mundo.

El único reducto que quedó de formación social a través de la relación con los demás era la escuela, donde niños y jóvenes conocían otras realidades, formas de ser, otras culturas familiares y así fueron construyendo esa parte esencial de la personalidad: el ente social que se sabe parte de un todo orgánico llamado sociedad.

Sin embargo, era necesario recuperar calles y plazas, y hacia esa gestión se orientaron los proyectos de reconstrucción del tejido social.

Pero todo topó con pared cuando llegó la pandemia y el reducto de formación de la personalidad a través de la socialización, la escuela, cerró sus puertas, condenando a los alumnos al encierro, al ensimismamiento, la ansiedad, depresión, angustia y otras calamidades que están calando hondo en más decadencia del tejido social.

Un dato de terror es que se han suicidado más niños que los que ha matado el covid.

El regreso a clases en plena tercera ola de la enfermedad nos coloca en una encrucijada:

Primero. Por el bien de la salud mental de esta generación, hay que arriesgarse al contagio.

O, segundo; seguir el encierro para no arriesgarse al virus, pero perdiendo la salud emocional formativa a través de la socialización del alumnado.

En el primer caso tendríamos niños y jóvenes formados integralmente a través de la instrucción y la socialización, pero algunos serían eventualmente víctimas de contagio.

En el segundo caso, tendríamos niños y jóvenes aparentemente sanos, libres del virus, pero formados deficientemente en línea y sin empatía social.

La encrucijada que nos plantea el regreso a clases en plena tercera ola de la pandemia es discernir qué tipo de individuos y sociedad queremos en un corto, mediano y largo plazo:

Alumnos formados integralmente y socializados, o antisociales instruidos deficientemente en línea.

 

Deneck Inzunza.

despirta guanjuato

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