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Cultura

La Guelaguetza, los Leones de la Sierra de Xichú, Eugenia León, estarán en el Festival Internacional Cervantino.

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Saque su agenda, La Guelaguetza, los Leones de la Sierra de Xichú, Eugenia León, estarán en el Festival Internacional Cervantino. Ya está el calendario de eventos de la 52a edición de la fiesta del espíritu en Internet.

Los gobernadores de Oaxaca, Salomón Jara Cruz de Guanajuato Diego Sinué Rodríguez Vallejo junto al embajador de Brasil, Fernando Estellita acompañados de sus representantes culturales presentaron los eventos que integran la sábana oficial del festival que llegó a traer a la crema y nata del quehacer cultural de la segunda parte del siglo XX.
Así que saque la agenda o marque en el calendario las 2 semanas que van del viernes 11 de octubre al domingo 26, cuando la hermosa capital de Guanajuato se llene de expresiones culturales, por ejemplo, el excelentísimo representante del país invitado recomendó con amplitud el ballet de Anahnga Dance Club, que se presentará el sábado 12 de octubre.
Si le toca venir el último fin de semana, seguro no querrá perderse el sábado, el retorno de una de las agrupaciones más entrañables del folclor e intangible de la sierra guanajuatense, que acompañarán a Guillermo Velázquez en una muestra del patrimonio musical que seguramente llenarán de encanto al público de la Explanada de la Alhóndiga de Granaditas.
Lo mismo sucede con la Inauguración, los capitalinos tendrán la oportunidad de presenciar uno de los espectáculos culturales más exclusivos de Oaxaca, en la Explanada de la Alhóndiga se presentará lo mejor de la Guelaguetza, que sin duda sorprenderá a quienes tengan la suerte de visitar esta ciudad que ya cumple 52 años de ser una meca del arte y cultura mundial.
Además, las acostumbradas propuestas y novedosas fusiones musicales de diversas partes de México y el Mundo, como El Hombre, durante la clausura, o Juchirap, Los Auténticos Decadentes, Nortec, La China Sonidera, Lor Pream, Gato Negro y The Reminders.
De la misma manera en que se presentaran varias Orquestas Sinfónicas y las dos Bandas de Música del estado invitado y anfitrión, como una pequeña muestra de los diversos espectáculos que integran este nutrido cartel que puede visitar en la página oficial del festival.

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Cultura

Plaza de la paz: una de las plazas más antiguas de Guanajuato capital

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La Plaza de la Paz, considerada durante décadas como la plaza principal de Guanajuato antes de la consolidación del Jardín Unión como centro neurálgico, es uno de los espacios urbanos más antiguos y significativos de la ciudad.

Su conformación como plaza pública data de mediados del siglo XIX, cuando en 1865 se llevaron a cabo obras formales para organizar un espacio abierto destinado al tránsito, la reunión y el ejercicio de la vida cívica en el entonces Real de Minas de Santa Fe de Guanajuato.

La elección de ese sitio como plaza principal no fue producto del azar. Desde la época colonial, en esa zona convergían diversas calles, callejones y sendas que conectaban con los barrios circundantes, por lo que el terreno, aunque inclinado e irregular, funcionaba como punto de encuentro natural para la vida urbana. Además, estaba frente a la Basílica Colegiata de Nuestra Señora de Guanajuato, lo que confería al lugar un valor simbólico tanto religioso como cívico.

Durante buena parte del siglo XIX, la plaza fue escenario de acontecimientos políticos y sociales relevantes. En 1858, por ejemplo, el presidente Benito Juárez utilizó este espacio para declarar provisionalmente a Guanajuato como capital de la República, un hecho que marcó la importancia política de la ciudad en ese periodo de la historia nacional.

El nombre Plaza de la Paz se consolidó a finales de la centuria con la instalación de un monumento emblemático. En 1897 se levantó en su centro una escultura que representa a la Paz, obra del escultor mexicano Jesús Contreras. Esta pieza fue inaugurada oficialmente el 27 de octubre de 1903 por el presidente Porfirio Díaz, con motivo del centenario del fin de la Guerra de Independencia, lo que reforzó su carácter conmemorativo y le dio nombre a todo el espacio urbano.

El diseño de la plaza, con su forma triangular adaptada al terreno desnivelado, fue completado con jardines, áreas de paseo y laterales flanqueados por edificios de arquitectura colonial y decimonónica. En sus alrededores se alzan residencias y palacios de familias acaudaladas de la época, así como importantes sedes administrativas y religiosas. Esto explica por qué, durante mucho tiempo, fue también conocida como Plaza Mayor o plaza principal, antes de que el crecimiento urbano desplazara el centro de actividades hacia otras partes del casco histórico.

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A lo largo del siglo XX, la plaza conservó su relevancia como punto de reunión social y como escenario de eventos cívicos, turísticos y culturales. Su ubicación estratégica en el corazón del centro histórico permite observar la convivencia entre el patrimonio arquitectónico, la vida diaria y el dinamismo urbano contemporáneo.

La historia de la Plaza de la Paz concentra en un mismo espacio la evolución de Guanajuato desde ciudad minera colonial hasta capital estatal, así como las transformaciones políticas y sociales del México decimonónico y moderno. Su construcción, su diseño, los acontecimientos que la han atravesado y el monumento que le da nombre forman un conjunto de referencias que ayudan a comprender cómo se construyó la identidad urbana de Guanajuato a lo largo de más de siglo y medio.

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Cultura

Jardín Florencio Antillón: uno de los espacios más bellos de Guanajuato Capital

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El jardín situado en el Paseo de la Presa, conocido tradicionalmente como el Jardín Florencio Antillón, forma parte de la configuración urbana desarrollada alrededor de la Presa de la Olla desde el siglo XIX.

Su origen está estrechamente ligado a los proyectos de modernización y embellecimiento impulsados durante el Porfiriato, etapa en la que Guanajuato emprendió obras de mejora en infraestructura, espacios públicos y vialidades.

La zona del Paseo de la Presa comenzó a consolidarse como un corredor recreativo desde mediados del siglo XIX, cuando la Presa de la Olla adquirió popularidad como espacio de convivencia social. En este contexto, surgió la necesidad de crear áreas verdes ornamentales que complementaran la función recreativa del lugar.

El jardín fue trazado con la intención de ofrecer un espacio de descanso y paseo para los habitantes y visitantes que acudían a la presa, especialmente durante las celebraciones del Día de la Presa, instauradas formalmente en 1747 pero popularizadas en el siglo XIX como evento cívico y social.

El jardín lleva el nombre de Florencio Antillón en honor al destacado militar y político guanajuatense que desempeñó un papel crucial durante la segunda mitad del siglo XIX. Antillón, gobernador del estado entre 1867 y 1876, promovió diversas obras públicas, reorganizó la administración estatal y apoyó el embellecimiento urbano, por lo que su nombre quedó asociado a diversos espacios públicos.

A lo largo del tiempo, el jardín ha sufrido modificaciones propias del crecimiento urbano. Sin embargo, ha conservado su función como espacio de encuentro comunitario en una de las zonas más emblemáticas de la ciudad. Sus senderos, bancas y áreas arboladas mantienen el carácter tradicional de los jardines decimonónicos, pensados como puntos de contemplación y convivencia tranquila. Asimismo, su ubicación estratégica, cercana a construcciones históricas como la antigua Casa de las Brujas y al inicio del camino hacia la Presa de San Renovato, lo convierte en un nodo importante dentro del paisaje histórico de la capital.

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Hoy, el jardín del Paseo de la Presa continúa siendo parte del imaginario social guanajuatense. Es un sitio que combina valor histórico, memoria colectiva y vida cotidiana, representando la transición de Guanajuato hacia una ciudad que, en el siglo XIX, comenzó a abrir espacios públicos más formales y accesibles, destinados al esparcimiento y a la integración social.

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Cultura

La piñata de siete picos: su origen en México

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Su historia se remonta mucho más atrás que la época colonial y tiene un recorrido cultural que atraviesa continentes y tradiciones. Su origen temprano se ubica en China, donde desde el siglo XIII se realizaban figuras de papel llenas de semillas que se rompían en ceremonias agrícolas para atraer la buena fortuna y, través de comerciantes y exploradores, estas prácticas llegaron a Europa, particularmente a Italia y España, donde comenzaron a asociarse con celebraciones religiosas durante la Cuaresma.

Fue en el siglo XVI cuando la piñata llegó a la Nueva España, introducida principalmente por los frailes como herramienta de evangelización. En 1587, coincidiendo con la formalización de las posadas en territorio novohispano, los misioneros adaptaron la piñata para enseñar conceptos religiosos a los pueblos indígenas.

La adoptaron como representación moralizante: una figura colorida con forma de estrella de siete picos, en la que cada pico simbolizaba uno de los pecados capitales. El acto de romperla, con los ojos vendados, representaba la lucha contra la tentación y la fe que guía hacia la gracia. Su contenido de frutas y dulces simbolizaba la recompensa espiritual tras superar las adversidades.

En este proceso, la tradición adquirió elementos propios de la cultura mesoamericana. Los pueblos indígenas ya tenían prácticas relacionadas con recipientes de barro decorados y rituales donde se rompían objetos simbólicos, por lo que la piñata se integró fácilmente a sus festividades. Para el siglo XVII, su uso estaba completamente establecido en las celebraciones decembrinas de la Nueva España y hacia el siglo XVIII ya era habitual en conventos, plazas y barrios populares.

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Durante el siglo XIX, con la consolidación de la identidad mexicana, la piñata de siete picos asumió un valor cultural que trascendió lo estrictamente religioso. Comenzó a verse como un símbolo festivo, comunitario y familiar. Aunque su significado moralizante continuó presente, la costumbre se desplazó hacia lo lúdico, especialmente en las posadas organizadas en los barrios y pueblos.

Entrado el siglo XX, la piñata se convirtió en un elemento indispensable de las celebraciones decembrinas en todo el país, incluso fuera del contexto religioso.

El peso cultural de la piñata en México radica en su capacidad de unir distintas capas históricas: un origen asiático, una reinterpretación europea y una apropiación profundamente mexicana que integró los elementos simbólicos prehispánicos con los valores del mestizaje. Representa, en última instancia, la continuidad de las tradiciones que han dado forma a la identidad colectiva mexicana a lo largo de más de cuatro siglos.

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