Cultura
Protección Civil intervinieron y evitaron la apertura de la obra monumental de cartón del Teatro Juárez del artista francés Olivier Grossetête en Los Pastitos.
Escándalo en festival Internacional Cervantino
Imagínese que es usted un autor conocido en todo el mundo, tan conocido que incluso es invitado por el Festival Internacional Cervantino para que practiques uno de tus actos de construcción de maquetas monumentales en la ciudad de Guanajuato y no te dejen inaugurarla.
Imagínese que durante tres días te dedicas a construir una maqueta monumental de cartón en la que participan decenas o incluso centenares de personas que por ahí caminan o se enteraron de tu proyecto y se ponen a unir cartón con cinta adhesiva de acuerdo a unas indicaciones dejadas en una mampara.
Estudiantes de la Universidad de Guanajuato, madres de familia, en fin, cualquiera se pudo acercar a levantar esta estructura que la mañana de este viernes fue clausurada por las autoridades de Protección Civil, así es, estos funcionarios que no se presentan en las zonas conflictivas o peligrosas, se presentaron a cerrar el acceso al público al mueble de cartón, por considerar un peligro para el público en caso de que llegue una corriente de aire.

El artista que es conocido por replicar inmuebles emblemáticos de las ciudades a donde es invitado, aclaró que acostumbra levantar inmuebles mucho más altos sin que estos hayan representado en ningún momento algún peligro para quienes los visitan, por lo que le admiraba la cerrazón de las autoridades municipales para permitir el acceso a la obra que para colmo debe de ser destruida el último sábado del FIC a las 11 de la mañana.
Así que está usted avisado, venga a la Plaza de las Ranas junto a los Pastitos y tómese una selfie como muchos de los visitantes que por ahí caminan y si ya dejaron de actuar absurdamente las autoridades municipales, adentrarse en la interesante estructura que podrá ser vandalizada por quienes quieran escribir mensajes en ella, según cuentan los embajadores que es la intención del autor.
Cultura
¿Cuántos calendarios han existido a lo largo de la historia de la humanidad?
A lo largo de la historia de la humanidad han existido decenas de calendarios, creados por distintas civilizaciones para organizar el tiempo según sus necesidades agrícolas, religiosas, políticas y científicas
No existe una cifra exacta y cerrada, pero los historiadores y especialistas coinciden en que han existido más de 40 sistemas calendáricos bien documentados, además de numerosas variantes locales y reformas internas que elevan la cifra real a varias decenas más.
Los primeros calendarios surgieron cuando las sociedades comenzaron a observar de manera sistemática los ciclos del sol, la luna y las estaciones. En Mesopotamia, hacia el tercer milenio antes de Cristo, los sumerios desarrollaron uno de los calendarios más antiguos, basado en ciclos lunares: este sistema fue funcional para la agricultura y los rituales, pero su principal limitación era el desfase con el año solar, lo que obligaba a constantes ajustes. Con el tiempo, fue modificado y reemplazado por sistemas más precisos en la región.

En el Antiguo Egipto apareció uno de los primeros calendarios solares, alrededor del 2600 a. C., compuesto por 365 días. Aunque era notablemente avanzado, no contemplaba los años bisiestos, lo que generó un desfase progresivo. Aun así, su estructura influyó en calendarios posteriores, incluido el romano.

Las civilizaciones mesoamericanas desarrollaron sistemas altamente complejos: los mayas utilizaron varios calendarios de manera simultánea, como el Tzolk’in, el Haab’ y la Cuenta Larga, con fines rituales, agrícolas e históricos. Estos calendarios no fueron descartados por ineficiencia, sino por la conquista y la imposición de modelos europeos, lo que interrumpió su uso oficial, aunque algunos sobreviven de forma ceremonial hasta hoy.

En el mundo clásico, el calendario romano pasó por múltiples reformas hasta llegar al calendario juliano en el año 46 a. C. Este sistema mejoró la organización del tiempo, pero contenía un error de cálculo que, con los siglos, provocó un desfase respecto al año solar. Esta falla llevó a su sustitución por el calendario gregoriano en 1582.
Otros calendarios, como el islámico, el hebreo, el chino o el hindú, no han sido descartados completamente, pero quedaron relegados al ámbito religioso o cultural. El calendario islámico, por ejemplo, es estrictamente lunar, lo que lo hace inadecuado para fines agrícolas y civiles globales, ya que sus fechas se desplazan cada año. Por esta razón, muchos países de tradición islámica utilizan el calendario gregoriano para asuntos administrativos, manteniendo el propio para la vida religiosa.
La razón principal por la que muchos calendarios fueron abandonados o sustituidos no fue su inutilidad, sino la necesidad de un sistema común y preciso para el comercio, la ciencia y la administración entre sociedades cada vez más interconectadas. La expansión europea, la colonización y, más tarde, la globalización, favorecieron la adopción de un calendario único que facilitara la comunicación internacional.
En resumen, los calendarios fueron descartados o desplazados por tres motivos principales: imprecisión astronómica, cambios políticos y religiosos, y la necesidad de estandarización. El calendario gregoriano no eliminó la diversidad calendárica, pero sí se impuso como el marco común que permitió coordinar el tiempo a escala global, dejando a muchos otros sistemas como testimonio cultural de las civilizaciones que los crearon.
Cultura
¿Desde cuándo se empezó a utilizar el calendario gregoriano?
El calendario moderno que se utiliza actualmente en la mayor parte del mundo es el calendario gregoriano y su uso se remonta a finales del siglo XVI. Fue instaurado oficialmente en el año 1582 y debe su nombre al papa Gregorio XIII, quien ordenó su creación como una reforma al calendario anterior.
Antes del calendario gregoriano, en Europa se utilizaba el calendario juliano, establecido en el año 46 a. C. por Julio César, aunque este sistema representó un avance importante para su época, tenía un error de cálculo: consideraba que el año solar duraba 365.25 días, cuando en realidad es ligeramente más corto. Esa diferencia mínima provocó, con el paso de los siglos, un desfase acumulado de varios días respecto a los ciclos reales del sol y las estaciones.
Para el siglo XVI, el desfase ya era de aproximadamente diez días, lo que afectaba especialmente a la Iglesia, ya que las fechas religiosas, como la Pascua, dependían del calendario y de los equinoccios. Para corregir este problema, el papa Gregorio XIII encargó una reforma a un grupo de astrónomos y matemáticos, entre ellos Luigi Lilio y Christopher Clavius.
La reforma se concretó en 1582. Ese año, se decidió eliminar diez días del calendario para corregir el desfase: al jueves 4 de octubre le siguió el viernes 15 de octubre. Además, se estableció una nueva regla para los años bisiestos: los años divisibles entre 100 no serían bisiestos, a menos que también fueran divisibles entre 400. Este ajuste permitió sincronizar con mayor precisión el calendario civil con el año solar.
La adopción del calendario gregoriano no fue inmediata ni universal. Los países católicos lo adoptaron primero en 1582, mientras que otros territorios lo hicieron gradualmente durante los siglos siguientes. Inglaterra y sus colonias, por ejemplo, lo adoptaron hasta 1752 y algunos países de tradición ortodoxa lo hicieron incluso en el siglo XX.
En México, su uso comenzó durante el periodo colonial al seguir las disposiciones de la monarquía española.
Hoy, el calendario gregoriano es el estándar internacional para la vida civil, el comercio y las relaciones diplomáticas. Su larga vigencia se debe a la precisión de su sistema y a su adopción global, lo que lo ha convertido en una herramienta fundamental para la organización del tiempo moderno.
Cultura
Cuetes: una tradición poco sostenible
El uso de cuetes y fuegos artificiales, profundamente arraigado en celebraciones religiosas y festivas, tiene un impacto ambiental y social mucho más grave de lo que suele percibirse.
Diversos estudios y autoridades ambientales han señalado que estos artefactos son altamente contaminantes y que su uso resulta cada vez menos justificable frente a los efectos que generan en el entorno, la salud y la convivencia social.
Desde el punto de vista ambiental, los cuetes liberan una gran cantidad de contaminantes al aire en lapsos muy cortos. Al estallar, emiten partículas finas conocidas como PM10 y PM2.5, así como metales pesados como plomo, bario, estroncio y cobre, utilizados para producir los colores característicos. Estas partículas permanecen suspendidas en la atmósfera y contribuyen al deterioro de la calidad del aire, especialmente en zonas urbanas y valles donde la dispersión es limitada.
En temporadas festivas, los niveles de contaminación pueden aumentar de forma abrupta en cuestión de horas.
El impacto en la salud humana es otro factor relevante: la inhalación de partículas finas puede provocar o agravar problemas respiratorios como asma, bronquitis e infecciones pulmonares, particularmente en niños, adultos mayores y personas con enfermedades crónicas. Además, el ruido generado por los cuetes supera con frecuencia los niveles recomendados por organismos de salud, alcanzando intensidades que pueden causar estrés, alteraciones del sueño e incluso daño auditivo.


Sin embargo, los efectos no se limitan a las personas: la fauna doméstica y silvestre es especialmente vulnerable al ruido y a la contaminación producida por los fuegos artificiales. Animales como perros y gatos experimentan episodios severos de ansiedad, desorientación y pánico, mientras que aves y otras especies silvestres pueden abandonar nidos, sufrir accidentes o morir a causa del estrés. En ecosistemas cercanos a zonas urbanas, estas alteraciones afectan el equilibrio natural.
A ello se suma el riesgo de incendios y accidentes. Cada año se registran quemaduras, amputaciones y daños materiales relacionados con el manejo de pirotecnia, así como incendios en pastizales, cerros y zonas habitacionales. Estos incidentes generan costos humanos y económicos que contrastan con el carácter momentáneo del espectáculo.
Por estas razones, cada vez más especialistas y autoridades coinciden en que el uso de cuetes debe ser replanteado. No se trata únicamente de prohibir una tradición, sino de reconocer que muchas prácticas heredadas no son sostenibles en el contexto actual. Existen alternativas menos contaminantes y más seguras, como espectáculos de luces, proyecciones o pirotecnia silenciosa, que permiten conservar el sentido festivo sin causar daños colaterales.
Dejar de usar cuetes implica un cambio cultural, pero también una responsabilidad colectiva. Reducir su consumo es una forma concreta de proteger la salud, el medio ambiente y la convivencia social, entendiendo que celebrar no debería significar contaminar ni poner en riesgo a otros.
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