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Urbanismo sin freno: el estancamiento del PMDUOET abre paso al ecocidio en Guanajuato capital
Guanajuato, Gto– Desde marzo de este año, el proceso de actualización del Programa Municipal de Desarrollo Urbano y Ordenamiento Ecológico y Territorial (PMDUOET) de Guanajuato capital se mantiene en pausa. La administración municipal aprobó remitir el proyecto al Instituto de Planeación del Estado de Guanajuato (IPLANEG) para su valoración, pero desde entonces no se ha informado sobre avances, retrocesos o plazos. Nada.
En medio de ese silencio burocrático, el territorio sigue transformándose, pero no por virtud de la planeación, sino por omisión. Guanajuato capital ha crecido durante más de una década sin una directriz actualizada de desarrollo urbano, y el resultado es evidente: un crecimiento desordenado, agresivo y destructivo tanto para el paisaje como para los ecosistemas locales.


Mientras las autoridades mantienen la pausa administrativa, en el terreno se acelera el deterioro. Entre las comunidades de San José del Rodeo y El Tejaban ha surgido una nueva cicatriz: una zona cerril donde ya se ha introducido maquinaria pesada y donde un gran terraplén apunta a la futura construcción de una zona habitacional. La magnitud de la intervención no corresponde con actividades agrícolas; todo indica que el objetivo es urbanizar un área de valor ambiental.
Lo más grave es que este territorio forma parte de una franja identificada como “no urbanizable” en el propio diagnóstico técnico del PMDUOET. A pesar de ello, la Carta de Zonificación del documento vigente, que no ha sido actualizada desde hace más de diez años, asigna a esa área un uso de suelo que permite el desarrollo urbano en aproximadamente 400 hectáreas en la zona sur de la capital, entre Yerbabuena y San José del Rodeo, a lo largo de la carretera Guanajuato–Juventino Rosas.
De acuerdo con activistas y observadores ambientales, como Movimiento Ciudadano en Defensa del Territorio, esa franja alberga flora y fauna nativa, por lo que urbanizarla equivale a una sentencia de muerte para diversos hábitats. La preocupación no es menor: los desarrollos en zonas verdes traen consecuencias irreversibles, como pérdida de biodiversidad, reducción de zonas de recarga de mantos acuíferos, erosión del suelo, incremento en la temperatura local, y alteraciones en el ciclo del agua. Además, en una ciudad con ya serios problemas de abasto hídrico, urbanizar zonas naturales podría agravar aún más la crisis.
Pero los trabajos ya comenzaron. A falta de una directriz actualizada y con un documento normativo que contradice sus propias advertencias, la ciudad parece quedar a merced de los intereses inmobiliarios. Lo que está ocurriendo entre El Tejaban y San José del Rodeo no es aislado: es un síntoma de un modelo de gobierno permisivo o, peor aún, coludido con estas prácticas.
Guanajuato parece tierra sin ley, donde se hace y deshace según convenga. No hay vigilancia eficaz, no hay transparencia y no hay voluntad para frenar un modelo que, a corto plazo, genera ganancia, pero a mediano y largo plazo empobrece a toda la ciudad y su medio ambiente.
Con un PMDUOET en pausa, los vacíos legales se convierten en grietas por donde se filtra el cemento, desplazando a la vida silvestre, erosionando el paisaje y comprometiendo la calidad de vida de futuras generaciones. El desarrollo urbano no puede seguir avanzando a ciegas, ni mucho menos pasar por encima del entorno natural bajo la complacencia de autoridades que callan mientras las excavadoras hablan.
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Guardianes de la historia: las estatuas de los mineros que dan la bienvenida a Guanajuato capital
Las estatuas de los mineros ubicadas al inicio de la ciudad de Guanajuato capital rinden homenaje al trabajo que dio origen y grandeza a esta histórica ciudad. Desde el siglo XVI, el descubrimiento de vetas de plata convirtió a Guanajuato en uno de los centros mineros más importantes de la Nueva España y del mundo. La vida de la ciudad se forjó bajo tierra, en las minas, donde miles de hombres dedicaron su fuerza y su vida a extraer los minerales que impulsaron la economía, la arquitectura y el desarrollo social de la región.
Las esculturas representan dos momentos clave del trabajo minero: el esfuerzo físico y la precisión del oficio. Una figura aparece de pie, levantando el marro, símbolo del golpe constante contra la roca, mientras la otra se muestra agachada, concentrada en la labor, reflejando la paciencia y el desgaste diario del minero. Estas posturas no son casuales; buscan transmitir la dureza, la disciplina y el sacrificio que implicaba trabajar en condiciones extremas, muchas veces sin garantías de seguridad, pero con la esperanza de sostener a sus familias y a la ciudad entera.
Colocadas estratégicamente en uno de los accesos principales a Guanajuato capital, estas estatuas funcionan como un recordatorio permanente del origen minero de la ciudad. Son una bienvenida simbólica que invita a reflexionar sobre el pasado y a reconocer a quienes, desde el subsuelo, construyeron el legado que hoy distingue a Guanajuato como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Más que monumentos, son emblemas de identidad, memoria y respeto hacia las generaciones de mineros que dieron forma a la historia de la capital.
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Opacidad, silencio y cerrazón en el gobierno de Samantha Smith dejan en la incertidumbre al transporte
Pese a los señalamientos oficiales, la realidad es que sí hubo empresas transportistas que cumplieron con los requisitos establecidos por el propio Municipio. De acuerdo con información confirmada, tres concesionarios acreditaron el proceso, entre ellos la empresa TEB, propiedad de Toño Mata, de la cual existe plena certeza de su participación. Lo que hasta hoy no ha sido aclarado por la autoridad municipal es cuántas concesiones se pretendían asignar ni quiénes fueron las otras dos empresas que también cumplieron.
Mientras el discurso oficial insiste en deslindarse de responsabilidades, el Municipio ha sido incapaz de transparentar el proceso, dejando más dudas que certezas. No se explicó por qué, si hubo empresas que sí cumplieron, no se avanzó en la asignación, ni por qué se mantuvo un trato distante con los concesionarios que durante más de un año buscaron diálogo sin ser escuchados. Ese cerco institucional fue lo que los obligó a acudir a los tribunales como último recurso, no por capricho, sino por falta de respuesta.
Hoy, el gobierno encabezado por Samantha Smith pretende cargar la culpa a los transportistas, cuando los hechos apuntan a una mala gestión, falta de comunicación y opacidad municipal. Defender a quienes sí cumplieron no es un favor, es una obligación. Si hubo empresas responsables y procesos completos, el Municipio debe rendir cuentas, explicar qué pasó con las concesiones y dejar de criminalizar a quienes únicamente exigieron certeza jurídica y reglas claras.
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El municipio señala a concesionarios, pero el transporte en Guanajuato está secuestrado desde el gobierno
El gobierno municipal ha intentado instalar, a través de sus propios medios, la narrativa de que los concesionarios son los responsables del deterioro del transporte público en Guanajuato capital. Sin embargo, esa versión ignora deliberadamente una realidad incómoda: el verdadero control —y el verdadero estancamiento— no está en manos de quienes operan las unidades, sino del propio Ayuntamiento. El discurso oficial busca un culpable fácil, mientras evade su responsabilidad directa en la crisis que viven a diario miles de usuarios.


Para el proceso de concesiones 2025-2026 se establecieron requisitos que, en el papel, parecían razonables: solvencia económica, renovación vehicular y modernización del servicio. Muchos concesionarios presentaron cartas de intención y apostaron por cumplir. Pero el municipio aplicó la ley de manera selectiva: a unos les exigió todo; a otros, nada. Mientras concesionarios formales eran frenados o empujados a procesos legales, unidades “pirata”, prestanombres y rutas irregulares siguieron operando con total impunidad, protegidas por la omisión gubernamental.
La contra narrativa es clara: los concesionarios no secuestraron el transporte, el municipio lo hizo. Regidores y actores ligados al gobierno local tienen intereses directos en el sistema de transporte, y aun así nunca fueron sometidos a los mismos filtros ni exigencias. ¿Por qué a ellos no se les aplicaron los requisitos que sí se usaron para excluir a otros? ¿Por qué algunas unidades circulan sin cumplir normas básicas mientras otras fueron bloqueadas? La respuesta no está en la capacidad de los concesionarios, sino en el uso político del control administrativo.
Hoy, el mensaje implícito es peligroso: quien paga piso o tiene respaldo político trabaja sin problemas; quien intenta competir o mejorar sin alinearse, es marginado. El municipio prefiere culpar a los concesionarios antes que reconocer que administra el caos que él mismo creó. Y mientras el gobierno siga siendo juez, operador y beneficiario, el transporte público seguirá deteriorándose, no por falta de inversión privada, sino por un poder público que decidió controlar el sistema en lugar de mejorarlo.
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