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Cultura

A lo largo de 70 años, Cervantes a trascendido en la cultura y Guanajuato a sido parte de esa evolución,

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En el marco de la celebración del 35 aniversario del Museo Iconográfico del Quijote, sus obras han trascendido en la historia como inspiración que ha provocado la evolución de la cultura como la conocemos, son imperdibles aseguró Onofre Sánchez Menchero, Director General del Museo Iconográfico del Quijote.

La proyección de la cultura y el impulso de la misma es un factor importante para poder corregir al país, señaló el director.

Al terminar Sánchez Menchero invitó a todos a participar en la oferta Cervantina y de arte a lo largo de estas semanas de Festival, pues vale la pena conocer la cultura que ofrecen los invitados.

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Cultura

¿La rosca de reyes es originaria de México?

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La llegada al país ocurrió durante el periodo colonial y, con el paso de los siglos, se transformó hasta convertirse en una de las tradiciones más representativas de la cultura mexicana.

Los antecedentes más antiguos de la rosca se remontan a la antigua Roma. Durante las fiestas de las Saturnales, celebradas entre diciembre y enero, se elaboraban panes redondos endulzados que simbolizaban el sol y el fin del invierno. En esos panes se escondía un haba seca y a quien le tocaba era considerado afortunado o se le asignaba un papel especial dentro de la festividad. Estas celebraciones marcaban el cierre de un ciclo y el inicio de uno nuevo, una idea que se mantuvo a lo largo del tiempo.

Con la expansión del cristianismo en Europa, muchas de estas prácticas fueron adaptadas al calendario religioso. Para la Edad Media, especialmente en Francia y España, el pan circular se integró a la celebración de la Epifanía, el día 6 de enero, fecha en la que se conmemora la visita de los Reyes Magos al niño Jesús. La forma redonda de la rosca comenzó a interpretarse como símbolo del amor eterno de Dios, sin principio ni fin, mientras que el haba escondida adquirió un significado religioso.

En Francia, durante el siglo XIV, surgió la “galette des rois”, un pan o pastel que ya incluía la tradición de esconder una figura o un objeto. Con el tiempo, esta costumbre se difundió a España, donde se consolidó el roscón de Reyes, decorado con frutas cristalizadas que representaban las joyas de las coronas de los Reyes Magos.

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La Rosca de Reyes llegó a México en el siglo XVI con los españoles, como parte del proceso de evangelización y de la imposición del calendario cristiano. En la Nueva España, la celebración del 6 de enero fue promovida por las órdenes religiosas como una herramienta pedagógica para explicar el significado de la Epifanía. El pan festivo se incorporó poco a poco a la vida cotidiana, adaptándose a los ingredientes y gustos locales.

Fue con el paso del tiempo cuando la rosca adquirió su forma actual en México. El haba seca fue sustituida por una pequeña figura del niño Jesús, y la tradición se enriqueció con un nuevo simbolismo: quien encuentra la figura se compromete a ofrecer tamales el 2 de febrero, Día de la Candelaria, reforzando así un ciclo festivo que conecta la Navidad con otras celebraciones religiosas y comunitarias.

Hoy, más allá de su significado religioso, representa un momento de convivencia familiar y colectiva, una herencia histórica que combina influencias europeas, reinterpretaciones cristianas y prácticas sociales propias de México.

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Cultura

Los Reyes Magos: tradición y origen

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La referencia más antigua a los Reyes Magos aparece en el Evangelio de Mateo, escrito aproximadamente entre los años 80 y 90 d. C. En este texto se menciona la llegada de unos “magos de Oriente” que siguieron una estrella hasta Belén para rendir homenaje al niño Jesús y ofrecerle regalos de oro, incienso y mirra.

Durante los primeros siglos del cristianismo, los magos fueron interpretados como una representación de los pueblos paganos que reconocían a Jesús como una figura sagrada. A partir del siglo III, la Iglesia comenzó a vincularlos con la realeza, apoyándose en pasajes del Antiguo Testamento que anunciaban la llegada de reyes para honrar al Mesías. Hacia el siglo VI se fijó la idea de que eran tres, en correspondencia con los regalos mencionados en el texto bíblico.

Los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar aparecieron entre los siglos VI y VII en tradiciones europeas y durante la Edad Media la figura de los Reyes Magos adquirió una presencia central en la liturgia, así como en la cultura popular. En ese periodo se consolidó la celebración del 6 de enero como la fiesta de la Epifanía, que conmemora la manifestación de Jesús ante el mundo no judío. Procesiones, representaciones teatrales y actos públicos contribuyeron a difundir la tradición, especialmente en España.

La idea de que los Reyes Magos “regresan” cada año se sostiene como una repetición simbólica de aquel episodio fundacional. Desde el punto de vista religioso, este retorno reafirma el reconocimiento de Jesús como figura central del cristianismo; desde lo cultural, permite renovar valores asociados a la generosidad, el compartir y la esperanza.

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La tradición llegó a América en el siglo XVI con la evangelización española. En la Nueva España, los frailes emplearon la historia de los Reyes Magos como recurso didáctico para explicar el nacimiento de Cristo y reforzar el calendario litúrgico. Con el tiempo, la celebración se fusionó con prácticas locales y adquirió un carácter familiar, especialmente entre los niños.

Fue entre los siglos XIX y XX cuando se consolidó la costumbre de que los Reyes Magos traigan regalos, en paralelo a otros personajes y tradiciones europeas. En México, esta práctica se fortaleció y se acompañó de la Rosca de Reyes, un elemento simbólico que refuerza la convivencia y marca la continuidad de las celebraciones decembrinas.

Más allá de su dimensión religiosa, el regreso anual de los Reyes Magos funciona como un ritual cultural que señala el cierre del ciclo navideño. Su vigencia se explica por su capacidad de adaptarse al tiempo, conservar su carga simbólica y seguir ofreciendo un espacio de ilusión, memoria y cohesión social generación tras generación.

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Cultura

¿En la época prehispánica existía el año nuevo?

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En la época prehispánica no existía un solo “Año Nuevo” como se entiende hoy, ya que los pueblos mesoamericanos no concebían el tiempo de manera lineal, sino cíclica y utilizaban distintos calendarios con funciones rituales, agrícolas y ceremoniales. Por ello, el inicio del año variaba según el calendario y la cultura.

Entre los mexicas, el calendario solar o xiuhpohualli constaba de 365 días, divididos en 18 veintenas (meses de 20 días) y un periodo final de cinco días considerados aciagos, llamados nemontemi. El Año Nuevo comenzaba después de estos cinco días, generalmente hacia finales de febrero o principios de marzo, dependiendo de los ajustes calendáricos. Era un momento cargado de simbolismo, pues marcaba la renovación del tiempo y el reinicio del ciclo agrícola.

El cierre del año, durante los nemontemi, no era festivo. Por el contrario, se trataba de días de recogimiento y cautela, las personas evitaban actividades importantes, no salían de casa innecesariamente y realizaban actos de purificación. Se creía que el equilibrio del mundo estaba en riesgo y que el nuevo ciclo debía comenzar con orden y armonía.

En el caso de otros pueblos mesoamericanos, como los mayas, el calendario solar conocido como haab también tenía 365 días y concluía con un periodo similar de días considerados inestables. El inicio del nuevo ciclo estaba vinculado a ceremonias religiosas y a la observación astronómica, especialmente de los movimientos del sol y de Venus. Para los mayas, el Año Nuevo era un acto profundamente ritual, relacionado con la renovación del cosmos y la continuidad del orden universal.

Además del calendario solar, muchas culturas utilizaban el calendario ritual de 260 días, que no marcaba años nuevos en el sentido agrícola, pero sí ciclos ceremoniales que se reiniciaban constantemente. Esto refuerza la idea de que el tiempo prehispánico no giraba en torno a un solo comienzo anual, sino a múltiples reinicios simbólicos.

El Año Nuevo prehispánico, más que una celebración festiva, era un momento de transición sagrada. Representaba la posibilidad de que el mundo continuara existiendo un ciclo más, siempre y cuando se mantuviera el equilibrio entre los dioses, la naturaleza y los seres humanos.

Con la llegada de los españoles y la imposición del calendario cristiano, el inicio del año se fijó en el 1 de enero. Sin embargo, la antigua concepción cíclica del tiempo dejó huellas profundas en la cultura mexicana, donde hasta hoy persiste la idea de cerrar etapas, purificarse y comenzar de nuevo, una herencia simbólica que se remonta a los calendarios del México prehispánico.

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