Tradiciones
¿Ritos de año nuevo?
Los rituales de aventar lentejas o esconderse debajo de la mesa al recibir el Año Nuevo no tienen un origen mexicano, pero se han incorporado con fuerza al imaginario popular a través del mestizaje cultural, la migración y la transmisión de creencias asociadas a la prosperidad, la abundancia y el deseo de cambio al iniciar un nuevo ciclo.
El ritual de aventar lentejas tiene raíces europeas, particularmente en la cuenca del Mediterráneo, específicamente desde la Antigua Roma. Las lentejas fueron asociadas con la riqueza y la fertilidad debido a su forma redonda, semejante a las monedas.

En las celebraciones de inicio de año, se regalaban o consumían legumbres como símbolo de buenos augurios económicos. Con el paso del tiempo, esta creencia se mantuvo en países como Italia y España, donde las lentejas se comían o se arrojaban simbólicamente para atraer dinero y estabilidad durante el año entrante.
En América Latina, la costumbre se transformó. En lugar de solo comerlas, se popularizó la acción de aventarlas hacia la puerta o al aire al dar la medianoche, como un gesto ritual para “llamar” a la abundancia. En México, esta práctica comenzó a difundirse con mayor fuerza durante el siglo XX, especialmente en entornos urbanos, donde las tradiciones extranjeras se mezclaron con creencias populares y supersticiones locales.
El ritual de esconderse debajo de la mesa es más reciente y tiene un origen menos claro, aunque se vincula con creencias simbólicas sobre el deseo de pareja, estabilidad emocional o reconciliación. En varios países de América Latina se ha difundido la idea de que colocarse debajo de la mesa durante las campanadas favorece encontrar pareja o fortalecer relaciones sentimentales en el año nuevo. Este ritual parece estar relacionado con prácticas simbólicas de refugio y protección: colocarse “debajo” representa ponerse en resguardo mientras el tiempo se renueva.
A diferencia de otros rituales con raíces antiguas, como las uvas o las prendas de colores, esconderse bajo la mesa responde más a una reinterpretación contemporánea de supersticiones y deseos colectivos, amplificada por la cultura popular, los medios de comunicación y, en años recientes, las redes sociales. Su carácter lúdico ha facilitado su rápida adopción, especialmente entre jóvenes.
Ambos rituales comparten un mismo trasfondo cultural: la necesidad de intervenir simbólicamente en el destino al iniciar un nuevo ciclo. Aunque carecen de fundamento religioso o científico, funcionan como actos cargados de esperanza, donde el gesto importa más que el resultado. Al aventar lentejas o resguardarse bajo una mesa, las personas materializan deseos de abundancia, amor o estabilidad frente a un futuro incierto.
Estas prácticas reflejan cómo el Año Nuevo se ha convertido en un espacio de sincretismo cultural, donde tradiciones antiguas, supersticiones modernas y creencias importadas conviven y se reinventan. Más allá de su origen específico, los rituales revelan una constante humana: la búsqueda de control simbólico y optimismo frente al comienzo de un nuevo tiempo.
Tradiciones
Nuevo año, nuevo ciclo
La necesidad humana de marcar ciclos y comenzar de nuevo, como ocurre con el paso del año viejo al año nuevo, responde a una pulsión profunda que atraviesa culturas, épocas y religiones.
No se trata únicamente de una convención del calendario, sino de un mecanismo simbólico que permite a las personas ordenar el tiempo, dar sentido a la experiencia y enfrentar la incertidumbre de la vida.
Desde las primeras civilizaciones, el ser humano entendió el tiempo como un proceso cíclico ligado a la naturaleza: las estaciones, las cosechas, el día y la noche. Marcar un final y un inicio ayudó a comprender el mundo y a ejercer cierto control sobre él. El cierre de un ciclo ofrecía la posibilidad de evaluar lo vivido, mientras que el comienzo de otro abría la puerta a la esperanza y a la renovación.
En el plano cultural, los rituales de cambio de año cumplen una función colectiva. Permiten que comunidades enteras se detengan al mismo tiempo para hacer balance, compartir expectativas y reafirmar vínculos sociales. El año nuevo no solo inaugura una etapa individual, sino un momento compartido en el que se refuerza la idea de pertenencia y continuidad. Celebrar juntos el inicio de un nuevo ciclo ayuda a reducir la ansiedad frente al paso del tiempo y al futuro incierto.
También existe una dimensión psicológica. El acto de “empezar de nuevo” funciona como una estrategia emocional para dejar atrás errores, duelos o frustraciones. Aunque el calendario no borra los problemas, el simbolismo del año nuevo ofrece un punto de partida claro que facilita el cambio de hábitos y la formulación de propósitos. El ser humano necesita narrativas de renovación para seguir avanzando, y el calendario proporciona una estructura tangible para ello.
En muchas culturas, la separación entre el año viejo y el nuevo está acompañada de rituales de purificación, despedida o transformación. Quemar figuras, romper objetos, limpiar casas o realizar promesas son formas simbólicas de desprenderse de lo negativo y preparar el espacio para lo que viene. Estos actos no modifican la realidad de manera inmediata, pero sí transforman la percepción que las personas tienen de ella.
Marcar ciclos también permite domesticar el miedo al paso del tiempo. Al dividir la vida en etapas comprensibles, el ser humano logra enfrentar la finitud con mayor serenidad. El año nuevo se convierte así en un acuerdo cultural: una pausa necesaria para respirar, reordenar prioridades y creer, aunque sea por un momento, que el futuro puede ser distinto.
En última instancia, la celebración del año viejo y el año nuevo revela una verdad constante: las personas necesitan símbolos para continuar. Más allá de calendarios y fechas, el comienzo de un nuevo año es una afirmación colectiva de esperanza, una forma de decir que, pese a lo vivido, siempre es posible volver a empezar.
Cultura
Cuetes: una tradición poco sostenible
El uso de cuetes y fuegos artificiales, profundamente arraigado en celebraciones religiosas y festivas, tiene un impacto ambiental y social mucho más grave de lo que suele percibirse.
Diversos estudios y autoridades ambientales han señalado que estos artefactos son altamente contaminantes y que su uso resulta cada vez menos justificable frente a los efectos que generan en el entorno, la salud y la convivencia social.
Desde el punto de vista ambiental, los cuetes liberan una gran cantidad de contaminantes al aire en lapsos muy cortos. Al estallar, emiten partículas finas conocidas como PM10 y PM2.5, así como metales pesados como plomo, bario, estroncio y cobre, utilizados para producir los colores característicos. Estas partículas permanecen suspendidas en la atmósfera y contribuyen al deterioro de la calidad del aire, especialmente en zonas urbanas y valles donde la dispersión es limitada.
En temporadas festivas, los niveles de contaminación pueden aumentar de forma abrupta en cuestión de horas.
El impacto en la salud humana es otro factor relevante: la inhalación de partículas finas puede provocar o agravar problemas respiratorios como asma, bronquitis e infecciones pulmonares, particularmente en niños, adultos mayores y personas con enfermedades crónicas. Además, el ruido generado por los cuetes supera con frecuencia los niveles recomendados por organismos de salud, alcanzando intensidades que pueden causar estrés, alteraciones del sueño e incluso daño auditivo.


Sin embargo, los efectos no se limitan a las personas: la fauna doméstica y silvestre es especialmente vulnerable al ruido y a la contaminación producida por los fuegos artificiales. Animales como perros y gatos experimentan episodios severos de ansiedad, desorientación y pánico, mientras que aves y otras especies silvestres pueden abandonar nidos, sufrir accidentes o morir a causa del estrés. En ecosistemas cercanos a zonas urbanas, estas alteraciones afectan el equilibrio natural.
A ello se suma el riesgo de incendios y accidentes. Cada año se registran quemaduras, amputaciones y daños materiales relacionados con el manejo de pirotecnia, así como incendios en pastizales, cerros y zonas habitacionales. Estos incidentes generan costos humanos y económicos que contrastan con el carácter momentáneo del espectáculo.
Por estas razones, cada vez más especialistas y autoridades coinciden en que el uso de cuetes debe ser replanteado. No se trata únicamente de prohibir una tradición, sino de reconocer que muchas prácticas heredadas no son sostenibles en el contexto actual. Existen alternativas menos contaminantes y más seguras, como espectáculos de luces, proyecciones o pirotecnia silenciosa, que permiten conservar el sentido festivo sin causar daños colaterales.
Dejar de usar cuetes implica un cambio cultural, pero también una responsabilidad colectiva. Reducir su consumo es una forma concreta de proteger la salud, el medio ambiente y la convivencia social, entendiendo que celebrar no debería significar contaminar ni poner en riesgo a otros.
Tradiciones
Ponche: una tradición saludable
Esta bebida emblemática, presente en posadas, convivios y reuniones familiares, representa mucho más que una tradición decembrina: es un símbolo de identidad, memoria colectiva y sabores que unen a distintas generaciones.
El origen del ponche de frutas se remonta a la época virreinal, cuando las bebidas calientes europeas elaboradas con frutas y especias se fusionaron con ingredientes propios de estas tierras. Con el paso del tiempo, esa costumbre se transformó hasta dar lugar a la receta que hoy conocemos: una preparación festiva que combina frutas tropicales y de temporada, especias aromáticas y el toque personal que cada familia imprime en su elaboración.
La receta tradicional del ponche mexicano integra ingredientes que aportan color, aroma, sabor y beneficios nutricionales, entre los que destacan:
- La manzana, de pulpa dulce y jugosa, es una fuente importante de fibra y antioxidantes que contribuyen a la salud digestiva.
La canela en rama aporta su característico aroma y un dulzor natural que realza el conjunto de sabores.
La guayaba, reconocida por su alto contenido de vitamina C, resulta ideal para fortalecer las defensas durante el invierno, además de ser rica en fibra.
El tejocote destaca por su aporte de vitamina A, calcio y hierro, nutrientes esenciales para el buen funcionamiento del sistema inmunológico.
El tamarindo contiene vitaminas, fibra y minerales como calcio, hierro, potasio, magnesio, zinc y fósforo.
La ciruela pasa es fuente de potasio, calcio, magnesio, sodio, hierro, zinc y vitaminas del complejo B.
La flor de jamaica concentra antioxidantes, vitaminas y minerales con propiedades antiinflamatorias e hipotensoras.
La caña de azúcar aporta calcio, potasio, hierro, magnesio, así como diversas vitaminas y minerales.
Así, el ponche de frutas no solo reconforta con su sabor y calidez, sino que también refleja la riqueza agrícola y cultural del país, convirtiéndose en una de las bebidas más representativas de las celebraciones decembrinas en México.
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