Cultura
Cuetes: una tradición poco sostenible
El uso de cuetes y fuegos artificiales, profundamente arraigado en celebraciones religiosas y festivas, tiene un impacto ambiental y social mucho más grave de lo que suele percibirse.
Diversos estudios y autoridades ambientales han señalado que estos artefactos son altamente contaminantes y que su uso resulta cada vez menos justificable frente a los efectos que generan en el entorno, la salud y la convivencia social.
Desde el punto de vista ambiental, los cuetes liberan una gran cantidad de contaminantes al aire en lapsos muy cortos. Al estallar, emiten partículas finas conocidas como PM10 y PM2.5, así como metales pesados como plomo, bario, estroncio y cobre, utilizados para producir los colores característicos. Estas partículas permanecen suspendidas en la atmósfera y contribuyen al deterioro de la calidad del aire, especialmente en zonas urbanas y valles donde la dispersión es limitada.
En temporadas festivas, los niveles de contaminación pueden aumentar de forma abrupta en cuestión de horas.
El impacto en la salud humana es otro factor relevante: la inhalación de partículas finas puede provocar o agravar problemas respiratorios como asma, bronquitis e infecciones pulmonares, particularmente en niños, adultos mayores y personas con enfermedades crónicas. Además, el ruido generado por los cuetes supera con frecuencia los niveles recomendados por organismos de salud, alcanzando intensidades que pueden causar estrés, alteraciones del sueño e incluso daño auditivo.


Sin embargo, los efectos no se limitan a las personas: la fauna doméstica y silvestre es especialmente vulnerable al ruido y a la contaminación producida por los fuegos artificiales. Animales como perros y gatos experimentan episodios severos de ansiedad, desorientación y pánico, mientras que aves y otras especies silvestres pueden abandonar nidos, sufrir accidentes o morir a causa del estrés. En ecosistemas cercanos a zonas urbanas, estas alteraciones afectan el equilibrio natural.
A ello se suma el riesgo de incendios y accidentes. Cada año se registran quemaduras, amputaciones y daños materiales relacionados con el manejo de pirotecnia, así como incendios en pastizales, cerros y zonas habitacionales. Estos incidentes generan costos humanos y económicos que contrastan con el carácter momentáneo del espectáculo.
Por estas razones, cada vez más especialistas y autoridades coinciden en que el uso de cuetes debe ser replanteado. No se trata únicamente de prohibir una tradición, sino de reconocer que muchas prácticas heredadas no son sostenibles en el contexto actual. Existen alternativas menos contaminantes y más seguras, como espectáculos de luces, proyecciones o pirotecnia silenciosa, que permiten conservar el sentido festivo sin causar daños colaterales.
Dejar de usar cuetes implica un cambio cultural, pero también una responsabilidad colectiva. Reducir su consumo es una forma concreta de proteger la salud, el medio ambiente y la convivencia social, entendiendo que celebrar no debería significar contaminar ni poner en riesgo a otros.
Cultura
¿En la época prehispánica existía el año nuevo?
En la época prehispánica no existía un solo “Año Nuevo” como se entiende hoy, ya que los pueblos mesoamericanos no concebían el tiempo de manera lineal, sino cíclica y utilizaban distintos calendarios con funciones rituales, agrícolas y ceremoniales. Por ello, el inicio del año variaba según el calendario y la cultura.
Entre los mexicas, el calendario solar o xiuhpohualli constaba de 365 días, divididos en 18 veintenas (meses de 20 días) y un periodo final de cinco días considerados aciagos, llamados nemontemi. El Año Nuevo comenzaba después de estos cinco días, generalmente hacia finales de febrero o principios de marzo, dependiendo de los ajustes calendáricos. Era un momento cargado de simbolismo, pues marcaba la renovación del tiempo y el reinicio del ciclo agrícola.

El cierre del año, durante los nemontemi, no era festivo. Por el contrario, se trataba de días de recogimiento y cautela, las personas evitaban actividades importantes, no salían de casa innecesariamente y realizaban actos de purificación. Se creía que el equilibrio del mundo estaba en riesgo y que el nuevo ciclo debía comenzar con orden y armonía.
En el caso de otros pueblos mesoamericanos, como los mayas, el calendario solar conocido como haab también tenía 365 días y concluía con un periodo similar de días considerados inestables. El inicio del nuevo ciclo estaba vinculado a ceremonias religiosas y a la observación astronómica, especialmente de los movimientos del sol y de Venus. Para los mayas, el Año Nuevo era un acto profundamente ritual, relacionado con la renovación del cosmos y la continuidad del orden universal.

Además del calendario solar, muchas culturas utilizaban el calendario ritual de 260 días, que no marcaba años nuevos en el sentido agrícola, pero sí ciclos ceremoniales que se reiniciaban constantemente. Esto refuerza la idea de que el tiempo prehispánico no giraba en torno a un solo comienzo anual, sino a múltiples reinicios simbólicos.
El Año Nuevo prehispánico, más que una celebración festiva, era un momento de transición sagrada. Representaba la posibilidad de que el mundo continuara existiendo un ciclo más, siempre y cuando se mantuviera el equilibrio entre los dioses, la naturaleza y los seres humanos.
Con la llegada de los españoles y la imposición del calendario cristiano, el inicio del año se fijó en el 1 de enero. Sin embargo, la antigua concepción cíclica del tiempo dejó huellas profundas en la cultura mexicana, donde hasta hoy persiste la idea de cerrar etapas, purificarse y comenzar de nuevo, una herencia simbólica que se remonta a los calendarios del México prehispánico.
Cultura
¿Cómo se celebraba el año nuevo durante la época colonial?
Durante la época colonial, el Año Nuevo en la Nueva España no se vivía como una celebración popular y festiva en el sentido actual, sino como una fecha de fuerte carga religiosa, administrativa y simbólica, marcada por el calendario cristiano y por las estructuras de poder virreinal.
En los siglos XVI, XVII y XVIII, el cambio de año estaba profundamente ligado a la Iglesia. El 1 de enero coincidía con la festividad de la Circuncisión del Señor, de acuerdo con el calendario litúrgico católico, por lo que la jornada comenzaba con misas solemnes y actos religiosos. Para la mayoría de la población, especialmente indígenas, mestizos y sectores populares, el Año Nuevo se reconocía más como una fecha sagrada que como una ocasión de festejo civil.
En las principales ciudades de la Nueva España, como la Ciudad de México, Puebla o Valladolid, el inicio del año también tenía un carácter oficial. Las autoridades civiles y eclesiásticas realizaban actos protocolarios, se renovaban cargos públicos y se leían bandos que marcaban disposiciones administrativas, impuestos o nuevas ordenanzas. El Año Nuevo era, en ese sentido, un momento de reorganización del orden colonial.
Las celebraciones públicas eran sobrias. No existían los rituales actuales como las uvas, los brindis nocturnos o los fuegos artificiales masivos. En los sectores acomodados, el cambio de año podía marcarse con reuniones privadas, comidas especiales o intercambios de buenos deseos, siempre dentro de un marco de moderación y decoro. El exceso o el festejo desmedido no era bien visto, pues la moral cristiana promovía la reflexión, el arrepentimiento y la preparación espiritual para el nuevo ciclo.
Para los pueblos indígenas, el Año Nuevo impuesto por el calendario europeo convivía, en muchos casos, con sus propios sistemas de medición del tiempo. Aunque oficialmente se adoptó el calendario gregoriano, muchas comunidades continuaron dando significado a fechas agrícolas y rituales heredados del mundo prehispánico, generando una convivencia cultural entre el tiempo cristiano y el tiempo indígena.
En el ámbito doméstico, el fin de año se asociaba más al cierre del ciclo navideño que a una celebración autónoma. Las familias se encontraban aún dentro del periodo de fiestas religiosas que comenzaba con la Navidad y se extendía hasta la Epifanía. El Año Nuevo era, por tanto, un punto intermedio dentro de un calendario festivo mayor, dominado por la religión.
Con el paso del tiempo y hacia el final del periodo colonial, algunas costumbres europeas comenzaron a ganar terreno, especialmente entre las élites urbanas, pero el Año Nuevo siguió siendo una fecha discreta, sin la carga festiva que adquiriría en los siglos posteriores.
La manera en que se celebraba el Año Nuevo en la época colonial refleja una sociedad donde el tiempo estaba regulado por la Iglesia, el poder político y el orden social. Más que celebrar el futuro, se trataba de reafirmar la continuidad del sistema y de iniciar el año bajo los principios de obediencia, fe y estabilidad que sostenían al mundo novohispano.
Cultura
¿Cuántos calendarios han existido a lo largo de la historia de la humanidad?
A lo largo de la historia de la humanidad han existido decenas de calendarios, creados por distintas civilizaciones para organizar el tiempo según sus necesidades agrícolas, religiosas, políticas y científicas
No existe una cifra exacta y cerrada, pero los historiadores y especialistas coinciden en que han existido más de 40 sistemas calendáricos bien documentados, además de numerosas variantes locales y reformas internas que elevan la cifra real a varias decenas más.
Los primeros calendarios surgieron cuando las sociedades comenzaron a observar de manera sistemática los ciclos del sol, la luna y las estaciones. En Mesopotamia, hacia el tercer milenio antes de Cristo, los sumerios desarrollaron uno de los calendarios más antiguos, basado en ciclos lunares: este sistema fue funcional para la agricultura y los rituales, pero su principal limitación era el desfase con el año solar, lo que obligaba a constantes ajustes. Con el tiempo, fue modificado y reemplazado por sistemas más precisos en la región.

En el Antiguo Egipto apareció uno de los primeros calendarios solares, alrededor del 2600 a. C., compuesto por 365 días. Aunque era notablemente avanzado, no contemplaba los años bisiestos, lo que generó un desfase progresivo. Aun así, su estructura influyó en calendarios posteriores, incluido el romano.

Las civilizaciones mesoamericanas desarrollaron sistemas altamente complejos: los mayas utilizaron varios calendarios de manera simultánea, como el Tzolk’in, el Haab’ y la Cuenta Larga, con fines rituales, agrícolas e históricos. Estos calendarios no fueron descartados por ineficiencia, sino por la conquista y la imposición de modelos europeos, lo que interrumpió su uso oficial, aunque algunos sobreviven de forma ceremonial hasta hoy.

En el mundo clásico, el calendario romano pasó por múltiples reformas hasta llegar al calendario juliano en el año 46 a. C. Este sistema mejoró la organización del tiempo, pero contenía un error de cálculo que, con los siglos, provocó un desfase respecto al año solar. Esta falla llevó a su sustitución por el calendario gregoriano en 1582.
Otros calendarios, como el islámico, el hebreo, el chino o el hindú, no han sido descartados completamente, pero quedaron relegados al ámbito religioso o cultural. El calendario islámico, por ejemplo, es estrictamente lunar, lo que lo hace inadecuado para fines agrícolas y civiles globales, ya que sus fechas se desplazan cada año. Por esta razón, muchos países de tradición islámica utilizan el calendario gregoriano para asuntos administrativos, manteniendo el propio para la vida religiosa.
La razón principal por la que muchos calendarios fueron abandonados o sustituidos no fue su inutilidad, sino la necesidad de un sistema común y preciso para el comercio, la ciencia y la administración entre sociedades cada vez más interconectadas. La expansión europea, la colonización y, más tarde, la globalización, favorecieron la adopción de un calendario único que facilitara la comunicación internacional.
En resumen, los calendarios fueron descartados o desplazados por tres motivos principales: imprecisión astronómica, cambios políticos y religiosos, y la necesidad de estandarización. El calendario gregoriano no eliminó la diversidad calendárica, pero sí se impuso como el marco común que permitió coordinar el tiempo a escala global, dejando a muchos otros sistemas como testimonio cultural de las civilizaciones que los crearon.
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