Tradiciones
Ya le hizo su carta a los Reyes Magos. Oiga la historia detrás de esta tradición tan especial para las familias mexicanas.
Y es que quienes crecimos durante la dictadura priista, que se supone ejercía una resistencia al imperialismo norteño, siempre ha existido la polémica de si escribir invitar a Santoclós, cuando en cambio, son Los Reyes Magos los encargados de recibir la famosa carta con la lista y propuesta de los regalos que los niños hacen para que sea recibida la noche del 5 de enero para amanecer el día de reyes y estrenar ropa, comer dulces o estrenar la bicicleta o el balón tan deseado.

Como usted recordará, al nacer Jesús fué visitado por 3 Reyes de oriente como se expresa en el evangelio de San Mateo del Nuevo Testamento, los cuales entregaron Oro, Incienso y Mirra.
Fué con el paso del tiempo, que fueron incluyéndose en los escritos de la narrativa católica, por ejemplo, los nombres de Melchor, Gaspar y Baltazar aparecen hasta el siglo VI en la Iglesia de Ravena en Italia, donde un mosaico con la imagen representativa de las tres figuras monárquicas.
Sin embargo, la imagen de los Reyes Magos convenida hasta la actualidad por el catolicismo, es la que se conforma por los 3 reyes venidos de Europa, Gaspar, de Asía Melchor y Baltazar de África, comenzó a partir del siglo XV cuando también se dotó a cada uno de las características de distintas edades joven, adulto y anciano.
Pero la primera cabalgata de los Reyes Magos de la que se tiene memoria sucedió en España durante el inicio del año de 1866.
Así es, sin duda la tradición católica tiene mucho arraigo en el país, solo hace falta conocer un poco de la historia de esta festividad, para encontrar y conocer de dónde viene la fuerza de esta tradición que en México sigue siendo muy fuerte ya que es en este día cuando los niños acostumbran recibir más regalos si es que se portaron bien.
Tradiciones
Peregrinación a San Juan de los Lagos: una tradición llena de fe
Durante estas fechas, particularmente entre finales de enero y los primeros días de febrero, miles de personas emprenden la marcha hacia San Juan de los Lagos, en el estado de Jalisco, en una de las peregrinaciones religiosas más antiguas y concurridas de México.
Caminos y carreteras del Bajío, incluido Guanajuato, se llenan de fieles que avanzan a pie, en bicicleta o en grupos organizados, motivados por la fe y el cumplimiento de promesas.
La razón principal de estas peregrinaciones es la devoción a la Virgen de San Juan de los Lagos, cuya veneración se remonta al siglo XVII. De acuerdo con la tradición, en el año 1623 ocurrió el primer milagro atribuido a la imagen: la resurrección de una niña que había muerto tras un accidente durante una función acrobática. A partir de ese acontecimiento, la imagen comenzó a ser considerada milagrosa y el pequeño poblado se transformó en un centro de peregrinación regional.
Con el paso del tiempo, la afluencia de fieles creció de manera constante y las caminatas se institucionalizaron como una práctica religiosa popular. La peregrinación se intensifica en esta temporada debido a la cercanía del 2 de febrero, Día de la Candelaria, fecha clave en el calendario católico, cuando se conmemora la presentación del Niño Jesús en el templo. Para muchos creyentes, llegar al santuario en estos días tiene un significado especial de renovación espiritual y agradecimiento.

La marcha a San Juan de los Lagos se convirtió, además, en una tradición heredada de generación en generación. Para numerosos peregrinos, el trayecto representa un acto de sacrificio, penitencia o gratitud por favores recibidos, principalmente relacionados con la salud, el trabajo o la protección familiar. Estados como Guanajuato, Aguascalientes, Zacatecas y Michoacán concentran una parte importante de los contingentes que participan cada año.
Más allá del ámbito religioso, estas peregrinaciones también tienen un profundo impacto social y cultural. A lo largo de las rutas, comunidades enteras se organizan para brindar apoyo a los caminantes, ofreciendo agua, alimentos, atención médica básica y espacios de descanso. Esta red de solidaridad refuerza el sentido comunitario y convierte la marcha en un fenómeno colectivo que trasciende la fe individual.
Hoy, caminar a San Juan de los Lagos en estas fechas sigue siendo una expresión viva de la religiosidad popular en México. La tradición combina historia, devoción y convivencia social, y refleja la manera en que la fe ha moldeado prácticas culturales que, siglos después, continúan marcando el ritmo de la vida en el Bajío y en buena parte del occidente del país.
Cultura
Presa de la Olla: origen y tradición
La Presa de la Olla es uno de los referentes históricos más importantes de Guanajuato capital, una obra que nació de la necesidad urgente de abastecer de agua a una ciudad en constante crecimiento durante la época colonial. Su construcción respondió a los problemas recurrentes de escasez que enfrentaba una población cuya vida económica giraba en torno a la minería y que dependía de fuentes de agua irregulares.
La presa fue concluida en 1749 por disposición de las autoridades locales de la Nueva España, con el propósito de captar y almacenar el agua de lluvia para su posterior distribución entre la población. La compleja geografía de Guanajuato, asentada en una cañada, hacía indispensable contar con una infraestructura capaz de regular el suministro hídrico, tanto para el consumo doméstico como para las actividades productivas. Durante más de un siglo, la Presa de la Olla fue una de las principales fuentes de agua para la ciudad.
Con el tiempo, la presa dejó de ser únicamente una obra hidráulica para convertirse en un espacio con un fuerte significado social. Desde sus primeros años surgió la práctica de abrir sus compuertas de manera periódica, una acción necesaria para liberar el excedente de agua y limpiar los cauces naturales. Este acto técnico comenzó a atraer a la población, que veía en la apertura una señal del inicio del temporal de lluvias.


A lo largo del siglo XIX, la apertura de la Presa de la Olla se transformó en una tradición profundamente arraigada. Lo que inició como una maniobra de mantenimiento se convirtió en una celebración colectiva, acompañada de música, convivencia familiar y la presencia de autoridades civiles. La ceremonia, realizada generalmente entre junio y julio, quedó integrada al calendario cultural de Guanajuato como una de sus festividades más antiguas.
Alrededor de la presa se desarrollaron también otras prácticas sociales. El sitio se volvió un punto habitual de reunión, paseo y recreación, especialmente los fines de semana. La creación de jardines y espacios públicos en su entorno reforzó su papel como lugar de encuentro para distintas generaciones de guanajuatenses.

En la actualidad, aunque la Presa de la Olla ya no cumple la función central de abastecimiento de agua que tuvo en el pasado, su valor histórico permanece intacto. La apertura anual continúa realizándose como un acto simbólico que conecta a la ciudad con su pasado y recuerda la importancia del agua en su historia. Esta tradición representa un vínculo vivo entre la herencia colonial y la identidad contemporánea de Guanajuato, y subraya la relevancia de preservar tanto el patrimonio material como las costumbres que lo mantienen vigente.
Tradiciones
¿De dónde viene la tradición de comer tamales el 2 de febrero?
La tradición de comer y compartir tamales el Día de la Candelaria, cada 2 de febrero, tiene un origen profundamente mestizo que combina creencias prehispánicas y prácticas religiosas introducidas durante la época colonial.
Más que una costumbre gastronómica, se trata de un ritual simbólico que refleja la manera en que las culturas originarias y el cristianismo se entrelazaron en la vida cotidiana de México.
Antes de la llegada de los españoles, los pueblos mesoamericanos ya celebraban ceremonias vinculadas al ciclo agrícola hacia el inicio de febrero. Para las culturas nahuas, este periodo marcaba un momento clave de preparación de la tierra y de petición de lluvias, indispensables para el cultivo del maíz. En estos rituales, los tamales ocupaban un lugar central, pues el maíz no solo era alimento, sino un elemento sagrado asociado al origen mismo del ser humano. Comer tamales era, en ese contexto, una forma de comunión con los dioses y con la naturaleza.
Con la conquista y la evangelización, estas celebraciones fueron adaptadas al calendario católico. El 2 de febrero se instituyó como el Día de la Candelaria, fecha que conmemora la presentación del niño Jesús en el templo y la purificación de la Virgen María, de acuerdo con la tradición cristiana. En la Nueva España, esta festividad se integró a las prácticas locales y pronto adquirió características propias. La bendición del niño Dios y el acto de “levantarlo” del nacimiento se convirtieron en el centro de la celebración.
La costumbre específica de que alguien “pague los tamales” se vincula con el Día de Reyes, celebrado el 6 de enero. Al partir la rosca de reyes, quien encuentra la figura del niño Dios adquiere el compromiso simbólico de vestirlo y presentarlo el 2 de febrero, además de ofrecer tamales a familiares y amigos. Este gesto refuerza la idea de comunidad, reciprocidad y responsabilidad compartida, valores muy presentes tanto en las tradiciones indígenas como en las celebraciones cristianas.

Con el paso del tiempo, la comida adquirió un papel protagónico en la festividad. Los tamales, acompañados generalmente de atole, se consolidaron como el platillo emblemático del Día de la Candelaria, no solo por su carga simbólica, sino por su profundo arraigo cultural. Cada región del país aporta sus propias variantes, lo que convierte esta tradición en una expresión viva de la diversidad culinaria y cultural de México.
Hoy, dar tamales el Día de la Candelaria sigue siendo una práctica que va más allá del compromiso adquirido en la rosca. Es un acto que reúne historia, fe y convivencia, y que recuerda la manera en que las antiguas ceremonias agrícolas lograron sobrevivir y transformarse dentro de una nueva tradición religiosa, manteniendo vigente el vínculo entre el maíz, la comunidad y la identidad mexicana.
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