En 1977, el escritor guanajuatense Jorge Ibargüengoitia publicaba su novela Las Muertas, donde, desde su ironía y sarcasmo mordaz, presentaba un caso que hasta la fecha se encontraba en el imaginario colectivo como un mito urbano de prostitución, corrupción a todo nivel, torturas indecibles y decenas de homicidios: Ibargüengoitia, por esos años y, gracias a la relación que tenía con una familia de abolengo, tuvo acceso a los expedientes del caso de Las Poquianchis.

En su novela habla de las hermanas Arcángela y Serafina Baladro como las protagonistas de una historia que a la postre resultó real, sólo manejada con un gran sarcasmo para evidenciar, como fue en toda su obra, la naturaleza perniciosa y sociocultural de los guanajuatenses y sus vicios. Sumidas en la prostitución, estas lenonas construyeron un imperio de trata de blancas que logró tener en su lista de clientes a muy altos funcionarios públicos, incluidos gobernadores, los que llegaban incluso a dar el grito de independencia en un balcón construido exprofeso para la ocasión de fiesta y algarabía. Su suerte cambió cuando en un vaivén político, uno de sus clientes, buscando la silla presidencial, cerró los burdeles del estado de Plan de Abajo, como Ibargüengoitia llamaba de cariño a Guanajuato, lo que llevó al colapso a las hermanas Baladro dejando una ola de tortura y asesinatos, de inhumaciones ilegales y podredumbre que incluso se llevó a la pantalla grande.

La historia real corresponde a las hermanas María de Jesús, Delfina y María Luisa González Valenzuela, Las Poquianchis, originarias de Ocotlán, Jalisco, que, al migrar a Guanajuato, se consolidaron como emprendedoras prestamistas y más tarde encumbradas tratantes de blancas y dueñas de casinos, cantinas y burdeles, a los que, en efecto, iban en lista de clientes, distinguidos políticos de los años 50 y 60s del siglo pasado. Su zona de poderío giró en torno a San Francisco del Rincón, Purísima, León, Lagos de Moreno y San Juan, entre otros.

Hace unas semanas, el Poder Judicial dijo abrir al público el expediente de Las Poquianchis, sin embargo, basta con ver que está censurado. Por alguna razón se ocultan los apellidos González Valenzuela en los registros de esta mofa de transparencia, además de que el documento presenta errores básicos de lingüística. Resulta penoso ver escaneos, fotografía o fotocopias de un expediente todo tachado para que nos imaginemos qué decía y no tenemos derecho de saber. No cumple el objetivo de verlo desde la perspectiva del juez, tanta censura en estos tiempos espanta más que los crímenes de las hermanas González Valenzuela, las Balardo, Las Poquianch.

 

Deneck Inzunza.

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